Hay algo adictivo en quedarte en lugares que sabes que no llevan tu nombre escrito.
Conoces a alguien y conectas rápidamente con esa persona. Hay mucha conexión y complicidad. Te entregas en cuerpo y alma y le dejas ver rincones de ti que ni tú misma conocías. Pasa a formar parte de tu rutina. Su nombre suena en la mesa familiar. Tus amigos te escuchan hablar sobre él y se alegran por la emoción con la que lo cuentas. Imaginas tu futuro a su lado, incluso cuando el simple hecho de pensar en un futuro te asustaba.
Pero sabes que algo no termina de funcionar. Al principio era superficial, casi una suposición. Luego las señales se vuelven más evidentes. Empiezas a cuestionarte si esa persona da por ti lo mismo que tú das por ella. En el fondo sabes la respuesta aunque te empeñes en encubrirla.
Llega la dichosa pregunta después de muchas dudas: “¿qué somos?”. “Amigos”, dice con una calma que te desgarra el alma. “No estoy preparado para una relación”. Lo dice tranquilo. Como si no acabara de romperte algo por dentro. Como si no supiera que tú ya estabas dentro. “No pasa nada. Te espero”, pronuncian tus labios de forma inconsciente.
Le das tiempo. Te armas de paciencia. Vuestra rutina se va intensificando. Pasan los meses y te preguntas si su respuesta será diferente. Sabes que no, pero algo dentro de ti, llámalo ego o esperanza, piensa que va a cambiar. Que de repente un día, sin más, te va a elegir.
Así que esperas. Y mientras, te vas perdiendo poco a poco a ti misma por intentar encontrarle. Te vas apagando. Das todo de ti para que esa persona cambie de opinión y te elija. Te traicionas porque eres consciente de que no va a cambiar. Podrías haberte ido muchas veces. Pero siempre encontrabas una razón para quedarte. Decides seguir esperando por si mañana cambia todo. “Hoy no, pero quizás mañana sí”. Como si por arte de magia fuese a ocurrir. Y pasan días. Semanas. Meses. Pero, oye, quizás mañana sí.
Cuando estás con él todo va bien. Sientes que tu corazón no cabe en el pecho. Le miras y tu mundo se paraliza. Pero cuando no estás con él, tu mundo se te viene encima. Sabes que está haciendo su vida y no puedes decirle nada porque no sois más que amigos. Amigos. Aunque tu madre sepa de él. Aunque le hayas entregado tu cuerpo. Aunque le hayas confiado tus secretos. Aunque hayas buscado su apoyo en los momentos difíciles. Aunque hayas celebrado con él tus victorias. Aunque para ti haya sido todo, solo sois amigos.
Pero la situación no cambia. Decides en un acto de valentía confesarle tus sentimientos. Arrancarte el corazón y ponerlo en sus manos. Gritar lo que llevas meses callando. Ser vulnerable. El problema es que en el fondo, desde el primer día, sabes que esa persona no va a cuidar tu corazón. Y ahí decides alejarte, pues ya has dado todo de ti. Te eliges, y por eso todo se derrumba.
Tus días ya no tienen a esa persona. Sientes un vacío absurdo e inexplicable. Abres su chat, escribes, pero no lo envías. Revisas sus redes sociales. Piensas en los momentos bonitos que tuvisteis. Lloras. Le echas mucho de menos. El vacío que sientes persiste. Duermes para evitar la realidad. Estás más perdida que nunca. Abres su chat, escribes, y esta vez sí lo envías. Esperas su respuesta. Te responde. Es cordial. Pero nada cambia. Te sientes mal por no ser capaz de alejarte.
Y en tu punto más bajo comprendes que eso no fue amor. No tienes que perder tu identidad para tratar de dar nombre a algo que nunca fue. A algo que solo existía mientras tú lo sostenías.
Aún así le echas de menos y te martirizas por ello. Pero poco a poco duele menos. O quizás es porque te acostumbras al dolor. Y entonces entiendes que a veces pasa. A veces te quedas donde sabes que no te vas a encontrar.

Deja un comentario