A veces pasa

y no pasa nada


¿Es mejor hablar o morir?

Nunca es un buen momento para decir nada. Nunca lo ha sido. Siempre hay algo que lo interrumpe: el cansancio, el contexto, el miedo a estropear lo que hay, el temor a quedarte sin nada después. “Ahora no es un buen momento”. Como si existiera, como si alguna vez el cuerpo no temblara antes de decir lo importante. Así que posponemos. Mañana. Cuando esté más tranquila. Cuando tenga más claro lo que siento. Cuando no duela tanto. El problema es que las promesas no dichas no se evaporan, se quedan. Se acumulan. Pesan. Nunca es un buen momento y, aun así, las palabras se amontonan dentro como ropa limpia que no doblas jamás. Al principio no pasa nada. Luego ya no cierran los cajones.

Nos enseñan que hay silencios elegantes y necesarios. Que hablar demasiado es exagerar. Que sentir demasiado es un problema. Que decir lo que piensas puede incomodar. Y que incomodar es casi un pecado. Vivimos con mensajes no enviados. Con conversaciones ensayadas mentalmente mientras caminamos, mientras nos duchamos, mientras miramos al techo antes de dormir. Y entonces nos adaptamos. Nos volvemos expertos en disimular y en fingir que no pasa nada mientras esperamos algo que no sabemos muy bien qué es.

Recuerdo una frase de la película Call Me By Your Name que no saco de mi cabeza: Is it better to speak or to die? ¿Es mejor hablar o morir? La primera vez que la escuché pensé que era exagerada. Dramática. Cinematográfica. Luego crecí. Luego me callé más. Entendí que no hablaba de la muerte literal, sino de algo mucho más común y silencioso: lo que se apaga dentro cuando eliges callar. Porque callar también es una forma de muerte. Una lenta. Educada. Socialmente aceptable. Callas y sigues funcionando. Vas a clase. Trabajas. Quedas con gente. Sonríes cuando toca. Por fuera no pasa nada. Por dentro se queda una versión tuya suspendida en el tiempo, esperando una conversación que no llega.

A veces hablar significa perder. Perder a una persona, un vínculo, un hábito. Por eso callamos. Porque callar parece más seguro. Porque el silencio no provoca terremotos inmediatos. Pero es una trampa: te acostumbra a vivir con menos, a conformarte con lo que no dices, a hacerte pequeña para no incomodar. Y sin darte cuenta empiezas a sentir que tu voz molesta incluso antes de salir.

Nunca es un buen momento porque nunca estamos del todo preparados para lo que puede venir después. Aun así, callar te va matando a ti. No de golpe ni de forma heroica. Te va apagando despacio. Te convierte en alguien que siente mucho y dice poco. En alguien que vive a medias para no molestar.

No sé si es mejor hablar o morir. Hay silencios necesarios y palabras que llegan tarde. Pero sí sé que hay frases que, si no se dicen, se convierten en peso muerto. Y vivir así cansa. Cansa más de lo que parece. Quizá nunca sea el momento perfecto. Quizá hablar siempre implique un riesgo. Pero callarse es elegir apagarte poco a poco para que nada se rompa por fuera.



Deja un comentario